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La naturaleza no es muda
Eduardo Galeano. brecha
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Lunes, 21 de abril 2008
El mundo pinta naturalezas muertas, sucumben los bosques naturales, se
derriten los polos, el aire se hace irrespirable y el agua intomable,
se plastifican las flores y la comida, y el cielo y la tierra se
vuelven locos de remate.
Y mientras todo esto ocurre, un país latinoamericano, Ecuador, está
discutiendo una nueva Constitución. Y en esa Constitución se abre la
posibilidad de reconocer, por primera vez en la historia universal, los
derechos de la naturaleza.
La naturaleza tiene mucho que decir, y ya va siendo hora de que
nosotros, sus hijos, no sigamos haciéndonos los sordos. Y quizás hasta
Dios escuche la llamada que suena desde este país andino, y agregue el
undécimo mandamiento que se le había olvidado en las instrucciones que
nos dio desde el monte Sinaí: "Amarás a la naturaleza, de la que formas
parte".
Un objeto que quiere ser sujeto.
Durante miles de años, casi toda la gente tuvo el derecho de no tener
derechos.
En los hechos, no son pocos los que siguen sin derechos, pero al menos
se reconoce, ahora, el derecho de tenerlos; y eso es bastante más que
un gesto de caridad de los amos del mundo para consuelo de sus siervos.
¿Y la naturaleza? En cierto modo, se podría decir, los derechos humanos
abarcan a la naturaleza, porque ella no es una tarjeta postal para ser
mirada desde afuera; pero bien sabe la naturaleza que hasta las mejores
leyes humanas la tratan como objeto de propiedad, y nunca como sujeto
de derecho.
Reducida a mera fuente de recursos naturales y buenos negocios, ella
puede ser legalmente malherida, y hasta exterminada, sin que se
escuchen sus quejas y sin que las normas jurídicas impidan la impunidad
de sus criminales. A lo sumo, en el mejor de los casos, son las
víctimas humanas quienes pueden exigir una indemnización más o menos
simbólica, y eso siempre después de que el daño se ha hecho, pero las
leyes no evitan ni detienen los atentados contra la tierra, el agua o
el aire.
Suena raro, ¿no? Esto de que la naturaleza tenga derechos... Una
locura. ¡Como si la naturaleza fuera persona! En cambio, suena de lo
más normal que las grandes empresas de Estados Unidos disfruten de
derechos humanos. En 1886, la Suprema Corte de Estados Unidos, modelo
de la justicia universal, extendió los derechos humanos a las
corporaciones privadas. La ley les reconoció los mismos derechos que a
las personas, derecho a la vida, a la libre expresión, a la privacidad
y a todo lo demás, como si las empresas respiraran. Más de 120 años han
pasado y así sigue siendo. A nadie le llama la atención.
Gritos y susurros
Nada tiene de raro, ni de anormal, el proyecto que quiere incorporar
los derechos de la naturaleza a la nueva Constitución de Ecuador.
Este país ha sufrido numerosas devastaciones a lo largo de su historia.
Por citar un solo ejemplo, durante más de un cuarto de siglo, hasta
1992, la empresa petrolera Texaco vomitó impunemente 18 mil millones de
galones de veneno sobre tierras, ríos y gentes. Una vez cumplida esta
obra de beneficencia en la Amazonia ecuatoriana, la empresa nacida en
Texas celebró matrimonio con la Standard Oil. Para entonces, la
Standard Oil de Rockefeller había pasado a llamarse Chevron y estaba
dirigida por Condoleezza Rice. Después un oleoducto trasladó a
Condoleezza hasta la Casa Blanca, mientras la familia Chevron-Texaco
continuaba contaminando el mundo.
Pero las heridas abiertas en el cuerpo de Ecuador por la Texaco y otras
empresas no son la única fuente de inspiración de esta gran novedad
jurídica que se intenta llevar adelante. Además, y no es lo de menos,
la reivindicación de la naturaleza forma parte de un proceso de
recuperación de las más antiguas tradiciones de Ecuador y de América
toda. Se propone que el Estado reconozca y garantice el derecho a
mantener y regenerar los ciclos vitales naturales, y no es por
casualidad que la Asamblea Constituyente ha empezado por identificar
sus objetivos de renacimiento nacional con el ideal de vida del sumak
kausai. Eso significa, en lengua quichua, vida armoniosa: armonía entre
nosotros y armonía con la naturaleza, que nos engendra, nos alimenta y
nos abriga y que tiene vida propia, y valores propios, más allá de
nosotros.
Esas tradiciones siguen milagrosamente vivas, a pesar de la pesada
herencia del racismo que en Ecuador, como en toda América, continúa
mutilando la realidad y la memoria. Y no son sólo el patrimonio de su
numerosa población indígena, que supo perpetuarlas a lo largo de cinco
siglos de prohibición y desprecio. Pertenecen a todo el país, y al
mundo entero, estas voces del pasado que ayudan a adivinar otro futuro
aposible.
Desde que la espada y la cruz desembarcaron en tierras americanas, la
conquista europea castigó la adoración de la naturaleza, que era pecado
de idolatría, con penas de azote, horca o fuego. La comunión entre la
naturaleza y la gente, costumbre pagana, fue abolida en nombre de Dios
y después en nombre de la civilización. En toda América, y en el mundo,
seguimos pagando las consecuencias de ese divorcio obligatorio.
(En Uruguay exclusivo para Brecha)
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