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El vertido de petróleo en el Golfo: Una perforación en el mundo
02-07-10 Por
Naomi Klein
¿Cuánto tardará hasta que un ecosistema tan arrasado sea "restaurado y
sanado" como ha prometido el secretario del interior de Obama? De
ninguna manera está claro que exista una remota posibilidad de lograr
una cosa semejante, por lo menos en un plazo que podamos concebir
fácilmente.
Todos los participantes presentes en la reunión de la asamblea municipal
habían sido instruidos repetidamente para que mostraran urbanidad hacia
los señores de BP y el gobierno federal. Esos distinguidos personajes
habían dedicado tiempo en sus agendas repletas para ir a un gimnasio de
escuela secundaria un martes por la noche en Plaquemines Parish,
Luisiana, una de numerosas comunidades costeras donde el veneno marrón
penetra los humedales, parte de lo que ha llegado a ser descrito como el
mayor desastre ecológico en la historia de EE.UU.
"Hablad con los demás como quisierais que os hablaran", rogó el
presidente de la reunión por última vez antes de dar la palabra para
hacer preguntas.
Y durante un momento la multitud, compuesta sobre todo de familias de
pescadores, mostró un notable autocontrol. Escucharon pacientemente a
Larry Thomas, un afable agente de relaciones públicas de BP, mientras
les decía que se comprometía a "hacerlo mejor" en el procesamiento de
sus demandas por pérdida de ingresos -luego pasó todos los detalles a un
subcontratista mucho menos amistoso- Escucharon hasta el fin al dandi de
la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés)
mientras les decía que, contrariamente a lo que han leído sobre la falta
de ensayos y que el producto está prohibido en Gran Bretaña, el
dispersante químico que se pulveriza en cantidades masivas sobre el
petróleo es realmente seguro.
Pero la paciencia comenzó a acabarse cuando Ed Stanton, capitán de los
guardacostas, subió al podio por tercera vez para tranquilizarlos con la
declaración de que "los guardacostas quieren asegurarse de que BP lo
limpiará".
"¡Póngalo por escrito!" gritó alguien. A estas alturas el aire
acondicionado había dejado de funcionar y las neveras de Budweiser
comenzaban a agotarse. Un camaronero llamado Matt O'Brien se acercó al
micrófono. "No tenemos que escuchar más esto", declaró con las manos
sobre las caderas. No importa cuántas promesas nos ofrecen porque,
explicó, "¡simplemente no confiamos en ustedes!" Y al oírlo, le dieron
tal ovación que se hubiera pensado que los Oilers (el desafortunado
nombre del equipo de fútbol estadounidense de la escuela) había apuntado
un tanto.
El enfrentamiento fue catártico, por lo menos. Durante semanas los
residentes habían sufrido una andanada de palabras de aliento y promesas
extravagantes provenientes de Washington, Houston y Londres. Cada vez
que encendían sus televisiones veían al jefe de BP, Tony Hayward, dando
su palabra solemne de que "lo arreglaré". O al presidente Barack Obama
expresando su absoluta confianza en que su Gobierno "dejaría la costa
del Golfo mejor que antes", que estaba "asegurando" que "volvería a ser
aún más fuerte de lo que era antes de esta crisis".
Todo suena muy bien. Pero para gente cuyo sustento la pone en contacto
directo con la delicada química de los humedales, también sonaba
completamente ridículo, hasta doloroso. Una vez que el petróleo cubre la
base del pasto de los pantanos, como ya lo había hecho a sólo unos pocos
kilómetros de aquí, ninguna máquina milagrosa o mejunje químico puede
eliminarlo con seguridad. Se puede retirar petróleo de la superficie de
agua al aire libre, y se puede remover de una playa arenosa, pero un
humedal cubierto de petróleo sólo se queda ahí, secándose lentamente.
Las larvas de innumerables especies para las cuales el humedal es un
lugar de desove -camarones, cangrejos, ostras y peces- resultarán
envenenadas.
Ya estaba sucediendo. Antes, durante ese día, viajé por pantanos
cercanos en un bote de poco calado. Los peces saltaban en aguas rodeadas
por barreras flotantes blancas, las franjas de algodón grueso y malla
que BP utiliza para absorber el petróleo. El círculo de material
contaminado parecía estarse cerrando alrededor de los peces como un nudo
corredizo. Cerca de ahí, un mirlo de alas rojas estaba encaramado sobre
una brizna de junco contaminada por petróleo de dos metros de alto. La
muerte subía por la caña; el pajarito podría haber estado parado sobre
un cartucho de dinamita encendido.
Y luego están las plantas en sí, o sea la caña Roseau, como llaman a los
altos tallos y hojas. Si el petróleo penetra suficientemente en el
pantano, no sólo matará las plantas sobre el suelo sino también las
raíces. Esas raíces conforman el sostén del pantano en esa zona. Los
pantanos, a su vez, evitan que esas grandes extensiones verdes, llenas
de vida, se desplomen y hundan en las aguas del delta del Mississippi y
el Golfo de México. De modo que sitios como Plaquemines Paris no sólo
arriesgan la pérdida de su industria pesquera, sino también de gran
parte de la barrera física que disminuye la intensidad de fuertes
tormentas como el huracán Katrina. Lo que podría significar perderlo todo.
¿Cuánto tardará hasta que un ecosistema tan arrasado sea "restaurado y
sanado" como ha prometido el secretario del interior de Obama? De
ninguna manera está claro que exista una remota posibilidad de lograr
una cosa semejante, por lo menos en un plazo que podamos concebir
fácilmente. Las pesquerías de Alaska todavía tienen que recuperarse
plenamente del vertido del Exxon Valdez en 1989 y algunas especies de
peces nunca volvieron. Científicos del Gobierno calculan ahora que una
cantidad de petróleo igual a la del Valdez puede estar entrando en las
aguas costeras del Golfo cada cuatro días. Una prognosis aún peor emerge
del vertido de la guerra del Golfo en 1991, cuando se calcula que 11
millones de barriles de petróleo fueron arrojados al Golfo Pérsico -el
mayor vertido de todos los tiempos. Ese petróleo entró a los humedales y
se quedó allí, cavando más y más profundo gracias a los agujeros
excavados por los cangrejos. No es una comparación perfecta, ya que se
procedió a tan poca limpieza, pero según un estudio realizado 12 años
después del desastre, casi un 90% de los pantanos fangosos salados y
manglares afectados todavía estaban profundamente dañados.
Sabemos lo siguiente: Lejos de ser "sanada", es más que probable que la
costa del Golfo será afectada. Sus ricas aguas y concurridos cielos
serán menos vivos que actualmente. El espacio físico que numerosas
comunidades ocupan en el mapa también disminuirá, gracias a la erosión.
Y la legendaria cultura de la costa se contraerá y marchitará. Después
de todo, las familias pescadoras en toda la costa no sólo juntan
alimento. Mantienen una intrincada red que incluye tradición familiar,
cocina, música, arte y lenguajes en peligro –como las raíces de las
plantas que sostienen la tierra en el pantano. Sin la pesquería, esas
culturas únicas pierden su sistema de raíces, el terreno mismo en el que
se encuentran. (BP, por su parte, conoce perfectamente los límites de la
recuperación. El plan de reacción de la compañía para vertidos
regionales en el Golfo de México instruye específicamente a los
funcionarios para que no hagan "promesas de que la propiedad, la
ecología o cualquier otra cosa serán restauradas a la normalidad". Lo
que sin duda es el motivo por el cual sus funcionarios prefieren
permanentemente términos como "sanar".)
Si Katrina desveló la realidad del racismo en EE.UU., el desastre de BP
desvela algo mucho más oculto: cuán poco control tenemos, incluso los
más ingeniosos de nosotros, sobre las impresionantes fuerzas naturales
intrincadamente interconectadas con las que interferimos con tanta
indiferencia. BP no puede sellar el hoyo que hizo en la Tierra. Obama no
puede ordenar que las especies de peces sobrevivan, o que los pelícanos
marrones no desaparezcan (no importa qué trasero patee). Ninguna
cantidad de dinero –ni los 20.000 millones de dólares recientemente
prometidos por BP, ni 100.000 millones– pueden reemplazar una cultura
que ha perdido sus raíces. Y mientras nuestros políticos y dirigentes
corporativos todavía no aceptan esas lecciones de humildad, la gente
cuyo aire, agua y sustento han sido contaminados pierde rápidamente sus
ilusiones.
"Todo se muere", dijo una mujer cuando la asamblea municipal llegaba a
su fin. "¿Cómo podéis decirnos honestamente que nuestro Golfo es
resiliente y que se recuperará? Porque ninguno de vosotros tiene la
menor idea de lo que va a pasar a nuestro Golfo. Estáis sentados ahí
arriba con caras de póker y actuáis como si supierais cuando no sabéis".
Esta crisis del Golfo tiene que ver con muchas cosas –corrupción,
desregulación, la adicción a los combustibles fósiles- Pero bajo todo
esto, tiene que ver con lo siguiente: la pretensión terriblemente
peligrosa de nuestra cultura de poseer un entendimiento y control tan
completo de la naturaleza que podemos manipularla y remodelarla
radicalmente con un mínimo riesgo para los sistemas naturales que nos
sustentan. Pero como ha revelado el desastre de BP, la naturaleza es
siempre más impredecible que lo que pueden imaginar los modelos
matemáticos y geológicos más sofisticados. Durante su testimonio del
jueves ante el Congreso, Hayward dijo: "Las mejores mentes y la más
profunda competencia profesional se están aplicando" en la crisis, y
que, "con la posible excepción del programa espacial en los años
sesenta, es difícil imaginar la reunión en un solo sitio en tiempos de
paz de un equipo más amplio, más competente en lo técnico". Y a pesar de
ante lo que la geóloga Jill Schneidermann ha descrito como un "pozo de
Pandora", son como los hombres frente a ese gimnasio: actúan como si
supieran, pero no saben.
Declaración de la misión de BP
En el arco de la historia humana, la noción de que la naturaleza sea una
máquina que podemos modificar según nuestra voluntad es un engreimiento
relativamente reciente. En su innovador libro de 1980 The Death of
Nature, la historiadora ecológica Carolyn Merchant recordó a los
lectores que hasta los años 1600, la Tierra estaba viva, tomando la
forma de una madre. Los europeos –como la gente indígena en todo el
mundo– creían que el planeta era un organismo vivo, lleno de poderes
vivificadores pero también de humores iracundos. Por eso había fuertes
tabúes contra acciones que deformaran o profanaran "la madre", incluida
la minería.
La metáfora cambió al ser desentrañados algunos (pero de ninguna manera
todos) los misterios de la naturaleza durante la revolución científica
de los años 1600. Al ser ahora presentada la naturaleza como una
máquina, privada de misterio o divinidad, sus componentes podían ser
represados, extraídos y rehechos impunemente. La naturaleza todavía
aparecía como una mujer, pero una que era fácilmente dominada y sometida.
Sir Francis Bacon encapsuló mejor el nuevo espíritu cuando escribió en
1623 en De dignitate et augmentis scientiarum que la naturaleza debe ser
"restringida, moldeada, y hecha como si fuera nueva por el arte y la
mano del hombre".
Esas palabras también podrían haber sido la declaración de la misión
corporativa de BP. Ocupando audazmente lo que la compañía llamó "la
frontera energética", tuvo escarceos en la síntesis de microbios
productores de metano y anunció que "una nueva área de investigación"
sería la geoingeniería.Y evidentemente alardeó de que, en su yacimiento
Tiber en el Golfo de México, ahora tenía "el pozo más profundo jamás
perforado por la industria del petróleo y del gas" –tan profundo bajo el
lecho marino como vuelan los jets por arriba.
La imaginación y preparación para lo que sucedería si esos experimentos
en la alteración de los elementos fundamentales de la vida y de la
geología iban mal ocupó muy poco espacio en la imaginación corporativa.
Como todos hemos descubierto, después que la plataforma Deepwater
Horizon estalló el 20 de abril, la compañía no tenía sistemas instalados
para reaccionar efectivamente ante esa situación. Explicando por qué no
tenía a la espera en la costa ni siquiera el finalmente fracasado domo
de contención, un portavoz de BP, Steve Rinehart, dijo: "No pienso que
alguien haya prevista la circunstancia a la que nos enfrentamos ahora".
Aparentemente, "parecía inconcebible" que la válvula de seguridad
llegara a fallar, por lo tanto, ¿para qué prepararse?
Este rechazo a considerar el fracaso evidentemente venía directamente de
arriba. Hace un año, Hayward dijo a un grupo de estudiantes de posgrado
en la Universidad Stanford que tiene una placa sobre su escritorio que
dice: "Si supieras que no puedes fracasar, ¿qué vas a probar?" Lejos de
ser una benigna consigna inspiradora, era realmente una descripción
exacta de cómo BP y sus competidores se condujeron en el mundo real. En
recientes audiencias en el Congreso, el congresista Ed Markey de
Massachusetts interrogó a representantes de las principales compañías de
petróleo y gas sobre las maneras reveladoras en que habían destinado
recursos. Durante tres años, habían gastado "39.000 millones de dólares
para explorar por nuevos campos de petróleo y gas. Sin embargo, la
inversión promedio en investigación y desarrollo para seguridad,
prevención de accidentes y reacción ante vertidos fueron 20 miserables
millones de dólares al año."
Esas prioridades son muy útiles para explicar por qué el plan inicial de
exploración que BP presentó al gobierno federal para el malogrado pozo
Deepwater Horizon se lee como una tragedia griega sobre la arrogancia
humana. La frase "poco riesgo" aparece cinco veces. Incluso si hubiera
un vertido, predice confiadamente BP, gracias a "equipo y tecnología
probados", los efectos serían mínimos. Presentando a la naturaleza como
un socio menor (o tal vez subcontratista) predecible y agradable, el
informe explica jovialmente que si ocurriera un vertido, "las corrientes
y la degradación microbiana eliminarían el petróleo de la columna de
agua o diluirían los componentes a niveles de ambiente". Los efectos
sobre los peces, entretanto, "probablemente serían subletales" por "la
capacidad de peces y mariscos de evitar un vertido [y] de metabolizar
hidrocarburos". (En la versión de BP, más que como una amenaza
calamitosa, un vertido aparece como un comedor buffet-libre para la vida
acuática.)
Lo mejor de todo, si ocurriera un vertido importante, existe, al
parecer, "poco riesgo de contacto o impacto en la costa" por la reacción
rápida proyectada de la compañía (!) y "debido a la distancia [desde la
plataforma] a la ribera" –unos 77 km. Es la afirmación más sorprendente
de todas. En un golfo que a menudo tiene vientos de más de 70 km por
hora, para no hablar de huracanes, BP tenía tan poco respeto para la
capacidad de flujo y relujo, de subir y bajar del océano, que no pensó
que el petróleo podía hacer un despreciable viaje de 77 km. (La semana
pasada, un fragmento de Deepwater Horizon apareció en una playa en
Florida (a 306 km de distancia.)
Sin embargo, esta dejadez no habría sido posible, si BP no hubiera
presentado sus predicciones a una clase política ansiosa de creer que la
naturaleza había sido verdaderamente domada. Algunos, como la
republicana Lisa Murkowski, estaban más ansiosos que otros. La senadora
de Alaska estaba tan impresionada por la imaginería sísmica
cuadridimensional que proclamó que la perforación en aguas profundas
había alcanzado el máximo de artificialidad controlada. "Es mejor que
Disneyland en términos de cómo se pueden tomar tecnologías e ir en busca
de un recurso de hace mil años y hacerlo de una manera ecológicamente
sana", dijo al comité de energía del Senado hace sólo siete meses.
Perforar sin pensar ha sido, por cierto, la política de partido de los
republicanos desde mayo de 2008. Con los precios de la gasolina que se
elevaban a alturas sin precedentes, el líder conservador Newt Gringrich
descubrió el eslogan "Perforad aquí, perforad ahora, pagad menos" –con
énfasis en ahora. La campaña extremadamente popular fue un grito contra
la cautela, contra el estudio, contra la acción mesurada. En el relato
de Gingrich, la perforación dondequiera hubiera petróleo y gas dentro
del país –en el esquisto de Rocky Mountain, en el Refugio Nacional de
Vida Salvaje del Ártico (ANWR), y en la profundidad mar adentro– era un
camino seguro para reducir el precio en las gasolineras, crear puestos
de trabajo y dar estopa a los árabes, todo al mismo tiempo. Ante esta
triple victoria, el cuidado por el medio ambiente era cosa de
mariquitas; como dijo el senador
Mitch McConnell: "en Alabama y Mississippi y Luisiana y Texas, piensan
que las plataformas petroleras son hermosas". Para cuando tuvo lugar la
convención nacional republicana "¡Perfora, nena, perfora!" de triste
fama, la base del partido sentía tal frenesí por combustibles fósiles
hechos en EE.UU., que habría perforado bajo el piso de la convención si
alguien hubiera llevado un taladro suficientemente grande.
Obama terminó por ceder, como hace invariablemente. Escogiendo una fecha
cósmicamente inoportuna, sólo tres semanas antes de que estallara
Deepwater Horizon, el presidente anunció que abriría partes previamente
protegidas del país a las perforaciones mar adentro. La práctica no era
tan arriesgada como había pensado, explicó. "Generalmente las
plataformas petroleras no causan vertido. Están técnicamente muy
avanzadas". Eso no le bastó, sin embargo, a Sarah Palin, quien se burló
de los planes del Gobierno de Obama de realizar más estudios antes de
perforar en ciertas áreas. "¡Dios mío!, amigos, esas áreas se han
estudiado hasta la muerte", dijo a la conferencia de liderazgo
republicana del sur en Nueva Orleans, sólo 11 días antes de la
explosión. "¡Perforemos, nena, perforemos, no tardemos, nena,
perforemos!" Y hubo mucho regocijo.
En su testimonio ante el Congreso, Hayward dijo: "Nosotros y toda la
industria aprenderemos de este terrible acontecimiento". Y se podría
llegar a imaginar que una catástrofe de esta magnitud ciertamente
inspiraría un nuevo sentido de humildad a los partidarios de "Perforad
ahora". Sin embargo, no hay señales de que sea el caso. La reacción ante
el desastre –en los ámbitos corporativos y gubernamentales– ha estado
plagada del tipo preciso de arrogancia y de predicciones exageradamente
risueñas que crearon el desastre para comenzar.
El océano es grande, puede resistirlo, oímos decir a Hayward al
comienzo. Mientras el portavoz John Curry insistía en que microbios
hambrientos consumirían todo el petróleo que estaba en el sistema
acuático, porque "la naturaleza tiene una manera de resolver la
situación". Pero la naturaleza no les ha hecho el juego. El surtidor
desde la profundidad del mar ha estropeado todas las chisteras, domos de
contención, y las inyecciones de basura de BP. Los vientos y las
corrientes del océano han ridiculizado las barreras ligeras flotantes
que BP ha desplegado para absorber el petróleo. "Les dijimos", dijo
Byron Encalade, presidente de la Asociación de Ostras de Luisiana, "el
petróleo va a pasar sobre las barreras flotantes o por debajo". Por
cierto lo hizo. El biólogo marino Rick Steiner, quien ha estado
siguiendo de cerca los trabajos de limpieza, calcula que "el 70 u 80% de
las barreras no hacen absolutamente nada".
Y luego existen los controvertidos dispersantes químicos: más de 37
millones de litros bombeados con la actitud de marca de la compañía:
"¿qué puede ir mal?" Como señalaron correctamente los furiosos
residentes en la asamblea municipal de Plaquemines Parish, se habían
realizado pocos ensayos y existe poca investigación sobre lo que esa
cantidad sin precedentes de petróleo dispersado hará a la vida marina.
Tampoco hay una manera de limpiar la mezcla tóxica de petróleo y
productos químicos debajo de la superficie. Sí, microbios que se
multiplican rápidamente devoran petróleo submarino –pero al hacerlo
también absorben el oxígeno del agua, creando una amenaza completamente
nueva para la vida marina. BP incluso se había atrevido a imaginar que
podría impedir que las imágenes poco atractivas de playas y aves
cubiertas de petróleo escaparan de la zona del desastre. Cuando me
encontraba sobre el agua con un equipo de televisión, por ejemplo, se
nos acercó otra embarcación cuyo capitán preguntó: "¿Trabajáis todos
para BP?" Cuando dijimos que no, la respuesta –a mar abierto– fue:
"Entonces no podéis estar aquí". Pero por cierto esas tácticas torpes,
como todas las demás, han fracasado. Simplemente hay demasiado petróleo
en demasiados lugares. "No se le puede decir al aire de Dios dónde
circular e irse, y no se puede decir al agua dónde fluir e irse", me
dijo Debra Ramírez. Era una lección que había aprendido al vivir en
Mossville, Luisiana, rodeada por 14 plantas petroquímicas que arrojaban
emisiones, y al ver cómo las enfermedades se propagaban de vecino a vecino.
La limitación humana ha sido una constante de la catástrofe. Después de
dos meses, todavía no tenemos idea de cuánto petróleo está fluyendo, ni
de cuándo se va a detener. La compañía afirma que completará pozos de
alivio a finales de agosto –algo repetido por Obama en su discurso del
Despacho Oval– lo que muchos científicos ven como un bluf. El
procedimiento es arriesgado y podría fallar, y existe una posibilidad
real de que el petróleo se siga derramando durante años.
El flujo de espectáculos de denegación tampoco da señales de disminuir.
Políticos de Luisiana se oponen indignados a la congelación temporal de
perforación en aguas profundas, acusando a Obama de destruir la única
industria importante que subsiste ahora cuando la pesquería y el turismo
están en crisis. Palin discurrió en Facebook que "ningún esfuerzo humano
carece alguna vez de riesgo", mientras el congresista republicano de
Texas, John Culberson, describió el desastre como una "anomalía
estadística". Sin embargo, la reacción de lejos más sociopática, viene
del veterano comentarista de Washington Llewellyn King: en lugar de
apartarnos de grandes riesgos de ingeniería, deberíamos detenernos "y
maravillarnos de que podamos construir máquinas tan notables que pueden
destapar el submundo".
Detener la sangría
Afortunadamente, muchos están extrayendo una lección muy diferente del
desastre, y no se quedan maravillados ante el poder de la humanidad de
rediseñar la naturaleza, sino ante nuestra impotencia de hacer frente a
las feroces fuerzas naturales que desatamos. También hay otra cosa. Es
el sentimiento de que el hoyo en el fondo del océano es más que un
accidente de ingeniería o una máquina rota. Es una violenta herida en un
organismo vivo; que es parte de nosotros. Y gracias al material en
directo de las cámaras de BP, todos podemos contemplar como las entrañas
de la Tierra manan a raudales en tiempo real, 24 horas al día.
John Wathen, conservador de la Waterkeeper Alliance, fue uno de los
pocos observadores independientes que volaron sobre el vertido en los
primeros días del desastre. Después de filmar las gruesas manchas de
petróleo a las que los guardacostas se refieren cortésmente como "brillo
de arco iris", señaló lo que muchos habían sentido: "El Golfo parece
estar sangrando". Esas imágenes surgen una y otra vez en conversaciones
y entrevistas. Monique Harden, abogada de derechos medioambientales en
Nueva York, se niega a calificar el desastre como "vertido de petróleo"
y en su lugar dice, "tenemos una hemorragia". Otros hablan de la
necesidad de "detener la sangría". Y yo me sentí personalmente
impresionada, volando sobre el trecho de océano donde se hundió
Deepwater Horizon con los guardacostas de EE.UU., porque las formas
arremolinadas que el océano hacía en las olas del océano se parecían
notablemente a pinturas rupestres: un pulmón plumoso respirando con
dificultad, ojos mirando hacia arriba, un pájaro prehistórico. Mensajes
desde lo profundo.
Y esto es seguramente el giro más extraño de la saga de la costa del
Golfo: parece que nos estuviera despertando ante la realidad de que la
Tierra nunca ha sido una máquina. Después de 400 años de haberla dado
por muerta, y en medio de tanta muerte, la Tierra cobra vida.
La experiencia de seguir el progreso del petróleo por el ecosistema es
una especia de curso intensivo en ecología profunda. Cada día aprendemos
más sobre cómo lo que parece ser un terrible problema en una parte
aislada del mundo en realidad irradia hacia afuera de modo que la
mayoría de nosotros jamás hubiéramos imaginado. Un día oímos que el
petróleo podría llegar a Cuba –luego a Europa. Después oímos que los
pescadores de más arriba del Atlántico en la Isla Prince Edward, Canadá,
están preocupados porque los atunes de Aleta Azul que pescan frente sus
costas nacen a miles de kilómetros en esas aguas del Golfo contaminadas
por petróleo. Y también averiguamos que, en cuanto a aves, los humedales
de la costa del Golfo son el equivalente de un activo centro de
conexiones aéreas –todas parecen detenerse: 100 especies de pájaros
cantores y un 75% de todas las aves acuáticas migratorias de EE.UU.
Una cosa es que un incomprensible teórico del caos te diga que una
mariposa que bate sus alas en Brasil puede provocar un tornado en Texas.
Otra es ver cómo la teoría del caos se concreta ante tus ojos. Carolyn
Merchant describe la lección como sigue: "El problema, cómo BP ha
descubierto trágicamente y demasiado tarde, es que la naturaleza es una
fuerza activa que no se puede confinar". Los resultados predecibles son
poco usuales dentro de los sistemas ecológicos, mientras "los eventos
impredecibles, caóticos [son] usuales". Y en caso de que todavía no lo
hayamos comprendido, hace unos pocos días, un relámpago cayó sobre un
barco de BP como un signo de exclamación, obligándolo a suspender sus
esfuerzos de contención. Y ni siquiera hay que mencionar lo que un
huracán haría con la sopa tóxica de BP.
Existe, hay que subrayar, algo singularmente retorcido en este camino
particular hacia la ilustración. Dicen que los estadounidenses aprenden
dónde están los países extranjeros bombardeándolos. Ahora parece que
todos estamos aprendiendo sobre los sistemas de circulación de la
naturaleza, envenenándolos.
A fines de los años 90, un grupo indígena aislado en Colombia acaparó
los titulares del mundo con un conflicto casi 'avataresco'. De su remoto
hogar en los bosques nublados, los U'wa hicieron saber que si Occidental
Petroleum realizaba planes para perforar en busca de petróleo en su
territorio, cometerían un suicidio ritual masivo saltando a un
precipicio. Sus ancianos explicaron que el petróleo forma parte de la
ruiria, "la sangre de la Madre Tierra". Creen que toda la vida,
incluyendo la suya, fluye desde la ruiria, de modo que extraer el
petróleo llevaría a su destrucción. (Oxy terminó por retirarse de la
región, diciendo que no había tanto petróleo como había pensado.)
Virtualmente todas las culturas indígenas tienen mitos sobre dioses y
espíritus que viven en el mundo natural –en rocas, montañas, glaciares,
bosques– como en la cultura europea antes de la revolución científica.
Katja Neves, antropóloga en la Universidad Concordia, señala que este
hecho sirve un propósito práctico. Llamar "sagrada" a la Tierra es otra
manera de expresar humildad ante fuerzas que no comprendemos en su
integridad. Cuando algo es sagrado exige que procedamos con cautela.
Incluso con temor reverencial.
Si finalmente aprendemos esta lección, las implicaciones pueden ser
profundas. El apoyo público para más perforaciones mar adentro disminuye
precipitadamente; ha bajado un 22% desde el pico del frenesí de
"Perforad ahora". Sin embargo, el tema no ha desaparecido. Es sólo cosa
de tiempo antes de que el Gobierno de Obama anuncie que, gracias a una
ingeniosa nueva tecnología y estrictas nuevas regulaciones, ahora es
perfectamente seguro perforar en el fondo del océano, incluso en el
Ártico, donde una limpieza bajo el hielo sería infinitamente más
compleja que la que tiene lugar en el Golfo. Pero tal vez esta vez no
nos quedemos tranquilos con tanta facilidad, para jugar con tanta
rapidez con los pocos refugios protegidos.
Lo mismo vale para la geoingeniería. A medida que continúan las
negociaciones del cambio climático, debemos estar preparados a oír más
del Dr. Steven Koonin, el subsecretario de energía para ciencia de
Obama. Es uno de los principales propugnadores de la idea de que el
cambio climático puede combatirse con trucos técnicos como liberar
partículas de sulfato y de aluminio hacia la atmósfera –y por cierto
todo es perfectamente seguro, ¡como Disneylandia! También sucede que es
el ex jefe científico de BP, el hombre que hace sólo 15 meses todavía
supervisaba la tecnología tras la ofensiva supuestamente segura de BP
hacia la perforación en aguas profundas. Tal vez optemos esta vez por no
permitir el experimento del buen doctor con la física y la química de la
Tierra, y prefiramos reducir nuestro consumo y cambiar a energías
renovables que tienen la virtud de que, cuando fallan, fallan en
pequeñas dimensiones. Cómo describió el comediante estadounidense Bill
Maher: "¿Sabéis lo que pasa cuando los molinos de viento se caen al mar?
Un chapuzón".
El eventual resultado más positivo posible de este desastre no sería
sólo una aceleración de las fuentes renovables de energía como el
viento, sino un apoyo total al principio preventivo en la ciencia. Como
espejo opuesto al credo de "si sabéis no podéis fallar" de Hayward, el
principio preventivo sostiene que "cuando una actividad involucra
amenazas de daño al medio ambiente o a la salud humano" vayamos con
cuidado, como si la falla fuera posible, incluso probable. Tal vez
incluso podamos obtener una nueva placa para el escritorio de Hayward
para que la contemple mientras firma cheques de compensación. "Actuáis
como si supierais, pero no sabéis".
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